Con 16 millones de toneladas desperdiciadas al año en Argentina, las empresas comienzan a ver en la trazabilidad digital y el packaging inteligente una estrategia clave para recuperar márgenes y mejorar su competitividad global.
El desperdicio de alimentos en Argentina ha dejado de ser interpretado únicamente como un problema social o ambiental para transformarse en una señal de alarma sobre la eficiencia operativa. Un reciente informe de la compañía global Avery Dennison, titulado “Haciendo visible lo invisible”, revela que el 12,5% de los alimentos producidos en el país se pierde, lo que equivale a una pérdida silenciosa de rentabilidad: uno de cada ocho productos fabricados nunca genera ingresos, aunque consume recursos hídricos, energéticos y logísticos durante todo su ciclo.
La problemática es estructural y atraviesa toda la cadena. Según el estudio, el 40% de las pérdidas ocurre en la etapa agrícola por fallas logísticas o climáticas, mientras que otro 30% se pierde en el almacenamiento y transporte debido a deficiencias en la cadena de frío. La falta de visibilidad es el principal obstáculo: el 60% de las empresas a nivel mundial sigue tratando el desperdicio como un costo operativo inevitable, sin identificar el origen ni las herramientas para mitigarlo.
Frente a este escenario, la digitalización emerge como la solución definitiva. Tecnologías como Internet de las Cosas (IoT), inteligencia artificial y etiquetas RFID permiten hoy un monitoreo en tiempo real de la mercadería. Casos de éxito internacionales, como el de la cadena Chipotle —que redujo en un 70% su desperdicio mediante trazabilidad total— o Kroger, demuestran que la información permite anticipar decisiones, optimizar inventarios y realizar promociones dinámicas antes de que el producto se convierta en descarte.
Para la agroindustria argentina, la adopción de estas tecnologías no solo representa un ahorro de costos, sino una ventaja competitiva de cara a la exportación. Los mercados globales exigen hoy una transparencia total y la trazabilidad, impulsada por herramientas como blockchain o envases inteligentes, es la llave para fortalecer la confianza internacional. La conclusión es clara: el desafío no es producir más, sino asegurar que lo producido llegue a destino mediante una gestión de datos precisa que transforme un costo oculto en una ventaja sostenible.







