Investigadores denuncian que el presupuesto de 2026 es el más bajo del siglo XXI, con una caída del 48,8% que paraliza proyectos estratégicos y pone en riesgo la soberanía tecnológica.
La Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) emitió una contundente señal de alerta sobre el desfinanciamiento del sistema público de ciencia y tecnología. José Paruelo, referente de la institución, señaló que el sector enfrenta un deterioro sin precedentes, caracterizado por una parálisis operativa y un clima de deslegitimación cultural hacia la educación pública. Según los datos presentados, el presupuesto para 2026 representa una reducción real de casi la mitad respecto a 2023, ubicando a la inversión científica en niveles críticos.
El ajuste no solo es presupuestario, sino que impacta directamente en el capital humano. Los docentes e investigadores han sufrido una pérdida del poder adquisitivo superior al 35%, lo que ya está provocando renuncias masivas y una preocupante fuga de talentos hacia el exterior o el sector privado. La falta de incentivos económicos y la cancelación de convocatorias a proyectos de investigación (PICT) generan un escenario donde convencer a nuevos graduados de iniciar posgrados de larga duración se vuelve una tarea casi imposible.
La contradicción en la política oficial también fue eje de la denuncia. Mientras se busca visibilidad internacional en programas espaciales, organismos clave como la CONAE sufren recortes del 50% en su financiamiento para el próximo año. Esta parálisis afecta transversalmente a todas las disciplinas, incluyendo aquellas vinculadas directamente a la productividad del agro, donde la generación de conocimiento propio es fundamental para resolver problemáticas locales y mantener la competitividad regional en el mercado global.
Finalmente, desde la comunidad científica advierten que este vaciamiento compromete la capacidad de desarrollo autónomo del país. La destrucción del sistema universitario y científico no solo afecta los laboratorios, sino que debilita la soberanía estratégica y la posibilidad de construir soluciones argentinas para problemas argentinos. Sin inversión en conocimiento, el futuro productivo del país queda subordinado a tecnologías importadas, hipotecando el crecimiento económico a largo plazo.







