Si bien las exportaciones crecieron un 11,6% en junio, el sector advierte que el avance del granel implica una pérdida de valor agregado. La reconversión hacia el consumo de blancos dulces y la sombra de los subsidios europeos marcan el pulso de una industria que urge por estabilidad.

El primer semestre de 2026 dejó un saldo estadístico positivo para el vino argentino, con un incremento interanual del 11,6% en los despachos al exterior. Sin embargo, detrás del dato puntual se esconde una reconfiguración preocupante del mapa logístico global: el Reino Unido lidera hoy la demanda de producto argentino, seguido por Brasil, mientras que los Estados Unidos han relegado su posición histórica. Este cambio no es solo geográfico, sino técnico: la presión por abaratar costos logísticos ha impulsado la exportación de vino a granel en detrimento del fraccionado, lo que se traduce en una pérdida directa de valor agregado para la industria nacional.

Sergio Villanueva, director ejecutivo del Fondo Vitivinícola Mendoza, fue contundente al respecto: “El granel es un mercado de commodities, mientras que el fraccionado construye marca, identidad y fidelidad”. Para la industria, el avance del granel es un síntoma de un modelo que busca equilibrar stocks a valores de “quebranto” ante la falta de rentabilidad del sector primario. Hoy, el productor vitivinícola recibe precios que no cubren los costos reales de viñedo, una situación que, según Villanueva, recuerda a una retirada de emergencia: “Debemos lograr que la producción primaria subsista; el margen de tiempo es sumamente escaso”.

La crisis no es solo comercial, sino también sociocultural. El vino, un producto tradicionalmente gregario, enfrenta cambios globales hacia consumos más individuales y regulaciones crecientes como la tolerancia cero al alcohol. En el mercado doméstico, esta tendencia se refleja en una preferencia marcada por blancos ligeros y dulces, un segmento para el cual la reconversión vitivinícola —que históricamente apostó por variedades tintas— no está preparada.

El horizonte comercial, no obstante, mantiene una esperanza: el acuerdo Mercosur-Unión Europea. Si bien el bloque europeo opera con subsidios agresivos que representan una amenaza para la industria local, la desgravación arancelaria podría abrir puertas competitivas inéditas si la macroeconomía argentina logra estabilizarse. El desafío es estructural: sostener el eslabón primario para evitar la desaparición de los viñedos antes de que las variables logísticas y arancelarias permitan recuperar el valor perdido.