El asado ya no es la regla, sino la excepción. Según los últimos datos de CICCRA (Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina), el consumo de carne vacuna en Argentina ha perforado su piso histórico, ubicándose en torno a los 47,2 kg por habitante al año. Este cambio de paradigma marca una brecha abismal frente a los 80 kg per cápita que el país supo sostener históricamente, transformando nuestra cultura alimentaria por necesidad.

Paradójicamente, la industria frigorífica muestra números de actividad robustos. En el último trimestre se alcanzó una faena de 1,27 millones de cabezas, el nivel más alto en quince meses. Sin embargo, este flujo no se queda en las carnicerías de barrio:
• Exportaciones récord: Con 784.000 toneladas res con hueso exportadas, el sector mira al mundo.
• Destinos clave: China sigue liderando (68,4%), pero el fuerte crecimiento de mercados como Estados Unidos (40,9%) e Israel compensa la debilidad de la demanda local.
• Ingreso de divisas: La facturación ya supera los 2.075 millones de dólares, un respiro para las cuentas nacionales, pero un síntoma de un mercado interno que ya no puede convalidar precios internacionales.
La pérdida del poder adquisitivo es el factor determinante. La estabilidad relativa del precio de la vaca frente a los aumentos explosivos del pollo y el cerdo (que subieron más del 170%) no alcanzó para retener al consumidor. Hoy, la “vaca” es el gran motor exportador, pero se aleja de la parrilla de los domingos porque el bolsillo manda y obliga a diversificar la dieta.
No todo es precio. La industria todavía arrastra las secuelas de la sequía de 2023, lo que obliga a una retención de hembras para recuperar el stock ganadero. Esto, sumado a un menor peso promedio en gancho de los animales jóvenes, configura un escenario de oferta ajustada que impide una baja real de precios al consumidor.
El desafío para este 2026 será ver si la recuperación salarial proyectada logra devolverle el protagonismo a la carne vacuna o si este nivel de consumo —el más bajo en casi 30 años— llegó para quedarse como la nueva normalidad argentina.

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