El crecimiento del sector se apoya en la singularidad del terruño, el reconocimiento de origen y el desarrollo del enoturismo en la Quebrada.

La vitivinicultura en Jujuy continúa consolidándose como una actividad emergente dentro del mapa productivo provincial. A diferencia de otras regiones vitivinícolas del país, el modelo jujeño se orienta a la exclusividad y al valor agregado, con producciones de menor escala pero con fuerte identidad territorial.

Uno de los principales diferenciales es la producción en condiciones de extrema altura, con viñedos ubicados a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar. En localidades de la Quebrada de Humahuaca como Maimará, Tilcara y Purmamarca, la marcada amplitud térmica entre el día y la noche favorece una mayor concentración de aromas, colores y estructura en los vinos, generando un perfil distintivo dentro del mercado nacional.

Otro avance significativo para el sector fue la aprobación de la Indicación Geográfica (IG) para los Valles Templados y la Quebrada, un reconocimiento que establece un marco legal de calidad y protege la identidad de los vinos producidos en estas zonas.

En paralelo, el desarrollo del enoturismo se consolida como un motor complementario para las economías regionales. La presencia de bodegas boutique y experiencias vinculadas al vino atrae cada vez más visitantes, generando empleo directo y dinamizando la actividad turística en las regiones productoras.

Desde el ámbito académico, el acompañamiento técnico de la Universidad Nacional de Jujuy, a través del Centro de Desarrollo Vitivinícola de Altura (CEDVA), resulta clave para sostener el crecimiento del sector y garantizar estándares de calidad acordes a las exigencias del mercado global.