Con 140.000 toneladas de orujo generadas en la última vendimia, Argentina desperdicia un mercado global que alcanzará los US$ 2.100 millones en 2033. De residuo para compostaje a insumo para la industria farmacéutica y cosmética.
La vendimia 2025 en Mendoza, la más importante desde 2021 con casi 14,8 millones de quintales procesados, dejó una montaña de residuos que el sector aún no logra capitalizar. Se trata de más de 140.000 toneladas de orujo —hollejo, semilla y pulpa— que hoy terminan mayoritariamente en destilerías con retornos mínimos o directamente en el suelo como abono. Mientras tanto, el mercado global de subproductos de la uva proyecta un crecimiento sostenido del 6,7% anual, impulsado por la demanda de ingredientes naturales en el mundo.
El potencial técnico del orujo es indiscutible. Las pepitas, que representan hasta el 15% de este subproducto, son ricas en aceites esenciales para la cosmética y jabonería. Además, el ácido tartárico —un insumo que la propia industria argentina importa— y los extractos polifenólicos tienen una demanda creciente en la industria alimentaria y farmacéutica como conservantes y antioxidantes. En regiones como La Rioja española o Napa Valley, estos procesos ya están integrados a la cadena productiva; en Argentina, el residuo sigue siendo visto como un problema logístico y no como un activo financiero.
A nivel local, el avance más significativo es científico. A fines de 2024, el CONICET y Bodega Trivento iniciaron investigaciones sobre las propiedades antitumorales del orujo mendocino. Si bien es un paso crucial en la validación de la materia prima, el sector privado aún enfrenta el desafío de dar el salto hacia la producción a escala industrial. Falta inversión en tecnología de extracción limpia y un marco regulatorio que facilite la transformación de este “desecho” en un producto exportable con alto valor agregado.
La pregunta que queda flotando en las bodegas es de carácter estratégico: ¿hasta cuándo se seguirá enviando al compostaje una oportunidad de negocio de escala global? Con la escala productiva de Mendoza y el respaldo del sistema científico, el camino está trazado. Solo falta la decisión inversora y la articulación estatal para que el orujo deje de ser el final de la cosecha y se convierta en el inicio de una nueva industria exportadora.










